Mujeres poetas: Yineth Angulo Cuéllar, la hada de historias fantásticas

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Esta semana escribo una nueva reseña de la colección “biblioteca de escritoras huilenses, mujeres poetas” de la editorial tierra de palabras, acerca de la obra de Yineth Angulo Cuellar.

Este poemario consta de cuatro capítulos, “el infinito cielo de la infancia”, “como río de luz”, “ciudad de soles” y “paisajes interiores”, dedicados a sus madres, su compañero, sus maestros, amigos y a sus hijas.

Se plantea como un álbum familiar hecho de colchas de versos entrelazados que muestra su sensibilidad y vida, esa de la infancia con una casa con base de guadua que es tocada por el viento en los dedos de la noche, con un solar, sus frutales y el árbol  de la infancia por el que se asomaba al cielo y una alberca que era su mar interior para terminar en el exilio doloroso y abandono de la infancia.

Posteriormente, navega ese río de luz que es una oda al amor, la sensualidad y  complicidad “tejiendo el nido de silencio a la orilla de tu cuerpo”, terminando el viaje en el mismo árbol, echando raíces pero sin perder el vuelo.

La importancia de los maestros y amigos aquellos que en su formación como literata y escritora fueron sus cómplices, con ellos pasea por Neiva y sus letras recuerdan la ciudad de la furia de Cerati, con el bullicio de los loros de La Toma y el homenaje a Nancy la loca de La Toma.

Al final llega la nostalgia y la partida a un exilio voluntario a una transformación que mantiene su esencia “dentro de mi anida un patio, un árbol y un cielo azul” regresando de nuevo a su casa, su solar y su árbol.

Leer a Yineth es encontrarnos con una poesía sensible, cotidiana en la cual se refleja como mujer, amante, madre, maestra y compañera.

Hace un par de días le pedí a Carlos Lugo, que me contara como había influido Yineth en su vida y esto me contesto: “ Yineth -nunca le dije tía- fue en el arte, como un hada de historias fantástica, que al final eso es el arte o la vida del arte, me llevaba a la universidad, a exposiciones, a ver teatro y otras actividades que despertaron el artista que habitaba en mí. Practiqué yoga junto con su compañero (era más juego para mí que otra cosa), luego llegaron los libros, la poesía, Silvio, Serrat, Chico Buarque y Nietzsche.

Esa joven tía, despertó el alma de un artista que no sabía que podía serlo y le alegró la vida a un niño de un barrio popular, al que tiempo después, sentado frente a un computador, escribiendo unas palabras, llega a la conclusión de que; no sólo despertó al artista, sino que le brindó un camino y una oportunidad de vida”.

Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar – adonistupac@gmail.com
Twitter: @saludempatica

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