Más parecidos que diferentes

Más parecidos que diferentes

Llevo días dándole vueltas a qué escribir en esta columna.

Después del pasado domingo 27 de mayo, mis emociones como la de millones de colombianos y colombianas, han estado en una montaña rusa: fácilmente pasamos de la esperanza y la alegría a la tristeza, la frustración y la desesperación.

Yo voté por Gustavo Petro (espérese… si usted no lo hizo, esta columna también es para usted) porque el proyecto social, político y económico de la Colombia Humana representa todo lo que deseo para este país: justicia social, equidad, oportunidades para tod@s, no discriminación, protección del medio ambiente, conciencia animalista, desarrollo territorial, salud y educación plenas y, por supuesto, paz.

¿Es demasiado pedir? Si otros países latinoamericanos (ojo que no estoy hablando de Venezuela) lo han logrado, ¿por qué nosotros no?, ¿por qué a tantos millones de colombianos y colombianas les parece irreal hacer efectivo el Estado Social de Derecho? Es decir, ¿por qué les parece imposible que el Estado cumpla su función de garantizar oportunidades para todos/as?

¡Claro que podemos vivir mejor y nos lo merecemos! Exigir garantías mínimas de ciudadanía no nos hace querer todo regalado, ni mucho menos. Pero eso fue lo que nos hicieron creer en estas elecciones.

Fue devastador ver que existieron campañas políticas que se sirvieron de crear estigmas contra nosotros: que somos castrochavistas, que promovemos el odio, que polarizamos el país, que somos extremistas, que somos resentidos, que somos vagos, que promovemos la lucha de clases, etc.

Estas mentiras fueron tan efectivas como equivocadas. Pues mientras indígenas, campesinos, mujeres, familiares de los falsos positivos, personas LGBT, docentes, académicos y líderes comprometidos con la protección de los territorios afectados por los megaproyectos, hacían sancochos y vendían tamales para financiar las campañas de la Colombia Humana en municipios históricamente afectados por el conflicto armado y la pobreza, un sector enorme de la población colombiana los señaló como promotores del odio y les dieron la espalda.

Pero contra todo pronóstico, el pasado 27 de mayo ese país olvidado, ese país empobrecido, ese país desnutrido de la Guajira y ese país intoxicado de glifosato en el Putumayo, tuvo la oportunidad de llevar un candidato a segunda vuelta. Un candidato que por primera vez y en muchos años puso en el centro de su discurso y de su propuesta a esos por quienes nadie da un peso y que, al contrario, son utilizados en los engranajes del clientelismo y la corrupción aprovechando sus condiciones de vulnerabilidad socioeconómica.

Lo que se vendió como pan caliente fue la idea de que reclamar justicia social para estas comunidades y territorios era promover el resentimiento. Lo que desconocen quienes (así fuera con buenas intenciones) creyeron en esta premisa, es que dignificar la vida de las personas y contribuir a reducir las brechas de desigualdad que los convierten en ciudadanos de segunda clase, realmente hace florecer la reconciliación, la paz e incluso, la seguridad.

¿Quién no quiere lo mejor para un país del cual sí se siente parte?

Estas no son propuestas de extrema izquierda, porque para ello se hubiese necesitado una propuesta de gobierno que promoviera la eliminación de las clases sociales y por el contrario la Colombiana Humana propone ampliar la clase media de este país -tendiente a desaparecer gracias al empobrecimiento de la misma. Para ello, también se hubiese necesitado una propuesta de gobierno que quisiera quitar los medios de producción a sus dueños para entregarlos a los trabajadores, pero la Colombiana Humana quiere que más colombianos/as puedan crear y hacer sostenibles sus empresas.

Ninguno de quienes apoyamos este proyecto lo hubiésemos hecho si su realización implicara el detrimento de nuestra calidad de vida. Al contrario, queremos mejorarla, queremos ver reinvertidos nuestros impuestos en la garantía de los derechos fundamentales. Ya vimos por décadas terminar los recursos del Estado en la guerra y los bolsillos de los corruptos.

En primera vuelta se pidió que no se votara por Fajardo solamente porque se creía no pasaría a segunda vuelta, ahora se nos pide que no votemos por Petro porque el triunfo de Duque ya está cantado.

Mejor sin miedo, que como nos demostró ayer el Partido Verde, todo se puede conciliar y todas las partes tenemos ese compromiso. Lo que está en juego es Colombia, no nuestros egos electorales.

Por: Claudia M. Álvarez – claudialbaricoque@gmail.com
Twitter: @cmalvarezh



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