Mártires del amor

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¿Qué tienen en común Sandra Paola Vargas y Oksana Shachko? Ambas son mujeres que murieron la misma semana. Sandra, una enfermera huilense de 27 años murió a manos de su compañero sentimental y Oskana, cofundadora de la organización feminista francesa Femen, se suicidó.

Aunque las dos muertes fueron noticia, las reacciones del público fueron diametralmente distintas. Facebook sentenció como una tragedia el feminicidio de Sandra y al mismo tiempo, se burló de la muerte de Oskana, pues a muchos pareció hacerles gracia que existiera una feminista menos en el mundo, especialmente una “de esas” que muestra sus tetas en protesta.

Nuevamente la historia se repite, las mujeres caemos bien cuando somos víctimas, no cuando luchamos para dejar de serlo. Por eso las muertes que se pueden llorar son de las que callaron, no de las que gritando incomodaron y sacudieron este sistema asesino, esas sí están bien muertas.

Seguimos condenadas a la pasividad así esta nos lleve a la muerte, seguimos condenadas al sacrificio por el otro, a la entrega y al olvido de nosotras mismas ¿por qué? Porque eso es lo que se espera, se aplaude y se premia de nosotras, sólo así tendremos una muerte lamentable.

Y aunque las mártires del amor sigan ocupando las primeras planas de los periódicos nada cambia, cada vez somos más las mujeres apuñaladas, embolsadas y abandonadas. Al respecto, los comentarios sobre la noticia de del suicidio de Oskana nos puede dar una pista: esta sociedad no quiere mujeres libres, no quiere mujeres que decidan sobre sí mismas y sus destinos, no quiere mujeres que se defiendan ¡Esas son gritonas, solteronas, amargadas, egoístas, malas madres, unas cualquieras o hasta feminzasis, chai!

Pero a Sandra y a miles de mujeres asesinadas por sus parejas y ex parejas no la mataron por seguir las reglas, a ella y a cada una las mataron por decidir sobre su vida, y eso es justamente de lo que no estamos hablando, de la violencia como una forma de control sobre nuestras decisiones.  A través de la violencia han querido mantenernos en nuestras jaulas y si morimos allí ¡qué tristeza! Pero si queremos salirnos, todo parece confabularse como diciendo ¡atrápenla, esa es peligrosa!

La violencia simbólica hacia la memoria de Oksana es una forma de continuar estigmatizando a las mujeres que nos organizamos y le cantamos la tabla a este orden social que nos quiere pasivas e indefensas. Muestra de ello fueron las puñaladas que un grupo de encapuchados le propinaron a mujeres chilenas mientras se manifestaban a favor del aborto libre en este país el pasado 27 de julio, incluso, estoy segura que si alguna de ellas hubiese muerto, no habrían faltado los acostumbrados trolleos en Facebook comentando la noticia.

Las garantías estatales para intervenir de raíz el problema de los feminicidios y las violencias contra las mujeres son inútiles, especialmente aquellas que no buscan promover nuestra emancipación sino que parten de la obsesión paternalista por protegernos. Aun así, ante esta ciega ineficacia, si las mujeres queremos aprender a defendernos en colectivo a través talleres y procesos de formación en defensa personal, estamos promoviendo la violencia.

No más. Es momento de darnos cuenta que si ese “NI UNA MÁS” no está acompañado del respeto por las causas y los procesos políticos que tienen las organizaciones feministas y de mujeres, nada va a cambiar. Pues mientras se continúe diferenciando entre buenas vírgenes maría o perversas María Magdalena, esta sociedad continuará teniendo licencia para apedrearnos a las que vamos despertando.

Por: Claudia M. Álvarez – claudialbaricoque@gmail.com
Twitter: @cmalvarezh

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