La fea costumbre de difamar

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El escritor, pensador y dramaturgo británico William Shakespeare profirió una significativa frase con la que doy inicio a esta columna de opinión: “La virtud misma no puede librarse de los golpes de la calumnia”.

Y hago un pare en la serie de columnas que estaba redactando sobre las “etapas de una campaña política”, que bien podría haber escrito en su orden número cuatro, pero ante situaciones que vivo y observo en la contaminada sociedad actual, he decidido hacer un alto para reflexionar sobre el tema con el que titulo este artículo, para retomar los escritos sobre cómo hacer una campaña electoral en la próxima semana.

Cosa desagradable es la lengua de los hombres cuando por ganar indulgencias y gracias de sus pares o superiores deben denigrar de sus amigos, colegas y familiares, porque se ven tan pequeños que al sentirse desplazados por sus pocas competencias y baja autoestima deben acudir a la difamación para restar valor a otros, sintiéndose así ellos mismos un poco más grandes, sin crecer una pulgada como seres humanos.

Cuán difícil es moverse en medio de la envidia y los celos de la gente, el rencor y los malos sentimientos; pues el temor que a muchos cobija de verse desplazados, hace que su principal táctica para mantener sus frívolas posiciones, sea la calumnia, el chisme y la mentira.

El poeta peruano Mariano Melgar, en una de sus inspiraciones titulada “¡Ay amor! Dulce Veneno”, escribió el siguiente verso: “Glorioso infierno y de infernales injurias, león de celosas furias, disfrazado de cordero”.

Un fragmento que en pocas palabras hace relación a ese conocido adagio popular que va de boca en boca y que dice: “De las aguas mansas líbrame Señor, que de los turbulentos caudales me libro yo”; para señalar que hay personas y situaciones que parecen inofensivas pero resultan siendo peligrosos individuos o letales circunstancias.

En una reunión, alguno de los contertulios decía algo así: “Es que los huilenses nos tiramos al ojo para no dañarnos el cuero. Somos peligrosos enemigos del progreso de nuestros paisanos. Por eso la diferencia entre los cangrejos opitas y los cangrejos paisas, decía el personaje. Si uno mete veinte cangrejos opitas en un balde, al que esté medio intentando salir del balde, los otros diecinueve hacen minga para bajarlo; en cambio, los cangrejos paisas se posan uno sobre otro para formar una escalera y poder ir saliendo uno a uno de su estanque”.

Somos gente pujante, alegre y de arranque, si nosotros queremos, nosotros también podemos.

Por: Hugo Fernando Cabrera Ochoa

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