La “cuestión animal” y la transformación de la política

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Desde hace algunos años el panorama de las preocupaciones políticas del país ha empezado a girar su atención hacia un asunto que, de a poco, ha ido ganando terreno en espacios de discusión nacional.

Nos referimos a la “cuestión animal”. Con esto entendemos los debates que han venido librando ciertos movimientos animalistas y organizaciones formadas en torno a la defensa de la causa de los derechos, cuidado y protección de los animales.

La denominada “cuestión animal” ha despertado una preocupación de la mano con el interés, igualmente creciente, por un sentido “más ético” y aparentemente “más humano”, por nuevos estilos de vida más “amigables con el medio ambiente”.

No podemos desconocer que se trata, desde luego, de un interés legítimo, en la medida que pone en evidencia una mayor sensibilidad por parte del hombre frente al modo actual en que los animales, así como la naturaleza, son tratados.

Pero frente a este panorama, nos asaltan muchas dudas, que para efectos de esta columna quisiéramos sintetizarlas en una pregunta ¿Por qué la “cuestión animal” y las luchas en torno al reconocimiento de los derechos de los animales supone una transformación radical de la política?

Desde los inicios mismos del pensamiento político clásico, las reflexiones en torno a asuntos como las distintas formas de gobierno, los criterios normativos para regular los comportamientos entre los miembros de la sociedad, entre otros, han sido soportados por un paradigma que se ha convertido en un arma de doble filo, sobre todo cuando se trata de regular las relaciones entre seres humanos, relaciones con la naturaleza, y en este caso, con los animales. Hablamos del antropocentrismo.

Este paradigma políticamente ha significado que todos los seres vivos y no vivos que cohabitan el mundo, deben estar en función del hombre en razón de una suerte de excepcionalidad y privilegios que otorga la misma condición de humanidad.

En otros términos, sólo por el hecho de ser hombre, los seres humanos nos hemos autodeterminado como el criterio, el referente último a partir del cual todas las cosas son asumidas, entendidas, medidas y, por supuesto, usadas.

Cuestionar este paradigma, es decir, descentrar el poderío y la preminencia del hombre en la comprensión de fenómenos ambientales, animalistas, es una opción política altamente inquietante, pero necesaria.

Si bien, hay que reconocer que en los últimos veinte años ha habido cambios o inclusiones en la legislación colombiana, fortaleciendo los mecanismos para la protección de los animales e incluso se ha penalizado el maltrato animal, buscando poner límites a su explotación y abuso, esto no logra tener mayor incidencia en el común de la sociedad, pues seguimos viendo constantes abusos y una relación sumamente nociva con ellos.

Por esto, más allá del reclamo por reconocer un cierto “estatuto moral” de los animales que se limita a una discusión jurídica o ética con frecuencia estéril, se requiere de un trabajo esencialmente político de transformación de estructuras sociales, de instituciones, de modos de vida a partir de nuevas formas de relación entre las diferentes seres que cohabitan en el mundo pero, sobre todo, un ejercicio profundo de movilización de sensibilidades, de “sentido común” y, en general, un cambio radical del ejercicio político.

Así, por ejemplo, al igual que ciudadanos preocupados por otro tipo de causas como la medio ambiental o de respeto por la diversidad sexual, los animalistas han visto cómo promover el cambio de hábitos cotidianos por parte de los ciudadanos no es suficiente para dignificar la vida de los animales, y han entendido que estas luchas son en esencia luchas políticas, que solo se logran ganar de a poco y a través de representación en los espacios decisorios de la sociedad, que son espacios políticos.

Esto último debe ir acompañado de un cambio de estrategia de tipo social modificando el relacionamiento de las organizaciones defensoras de animales, entre ellas mismas y con los ciudadanos que apoyan la causa animal, buscando que se pase de una masa de personas que luchan individualmente y desarticuladamente, a un movimiento social que tiene una estructura medianamente definida, pero principalmente, que tiene objetivos claros y comunes.

Por: Juan Amaya
Politólogo, Sociólogo. Concejal de Neiva

Por: Jhon Losada
Investigador Centro de Filosofía del Derecho, Universidad Católica de Lovaina

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