¡Juan Matachín!

¡Juan Matachín!

Mi abuela Emilia Yagüe Cuéllar, nacida por allá en el año 1922, oriunda del municipio de Acevedo, Huila, quien inculcó a sus hijos, la paciencia y el amor por el trabajo, siguió su tarea de orientación cuando apenas empezamos sus nietos a formarnos y proyectándonos para el futuro.

Nos decía en las charlas nocturnas, siempre ocurridas sobre las nueve de la noche, tomando una pony y pan aliñado, bajo el frío y el silencio que acompañaba la tranquilidad de ese entonces, en el Municipio de Algeciras, dentro de su inmensa casa, que la profesión que ella quería para todos su nietos era la medicina, por que eran pulcros, reconocidos, muy humanos, carismáticos

Le gustaba verlos vestir siempre con su bata blanca, de finos modales, elegantes en el vestir y amados por ricos y pobres, que era la persona, junto con el cura, el faro de las comunidades, y al final antes de morir, tuvo la fortuna que tres de sus nietos “Molano” fueron y son excelentes y reconocidos médicos, que la acompañaron en sus últimos días en sus cuidados y en la formulación de medicamentos y exámenes; en fin, murió tranquila y creo que ella sintió que había logrado parte de su trabajo orientador.

Dios la llamó a tiempo a su reino, hoy estaría muy triste de saber que la salud en Colombia no es más que un gran negocio, donde se perdió la humanización y la atención fraternal con el paciente, donde cada uno de nosotros solo somos un número más para el sistema de salud, donde los médicos hoy, ya no miran a los ojos a sus pacientes para leerlos y ver en sus movimientos sus dolencias y angustias.

Son fríos, gruñones y distantes, miran más la pantalla de su computador que al paciente, que ya por poco es el paciente quien le dice al médico qué tiene; ya mi abuela no hubiera visto a esos médicos de blanco puro en sus vestidos, de zapatos cerrados y elegantes, no, ahora son de zapatillas de un fino caucho, de trajes azules, que viven tal vez más afanados que sus pacientes, pues trabajan en más de tres turnos al día, para lograr un buen ingreso familiar, que el mismo sistema los volvió como son, que sus luchas ahora se dan en los estrados judiciales y marchas para reclamar sus derechos y no dedicados a salvar vidas.

Esa es pues, la Ley 100 de 1993, la misma que tenemos que mejorar o derogar, los colombianos nos merecemos un mejor sistema en salud, donde no le contabilicen el tiempo al médico en la atención del paciente, donde no le impongan conceptos comerciales y económicos para formular un examen o un medicamento que salve vidas.

Pero como mi abuela ya no está aquí conmigo, anoche mientras dormía, golpee la puerta de San Pedro y le pedí permiso para pasar y saludarla, y allí adentro, sentí la paz que no se puede vivir en la tierra, y mi abuela vio mi sorpresa y me dijo “hijo, sé que las cosas allá abajo están mal, que han destruido la tierra, que se afanan por tener y no por vivir, que cada día hay más pobreza absoluta, que han perdido la capacidad de asombro y de solidaridad”, pero también me reclamó por dedicarme a hacer política, aseverando “esa profesión es peligrosa, a la gente mala no le gusta que los desenmascaren, a los votantes les gusta que les mientan y son felices, les gusta vivir de decepción en decepción, pero además no veo a mis médicos de antes, y soltó una lagrima”.

Yo, conmovido le conté que si habían muchos médicos y profesionales de la salud, que a diario se la juegan por los pacientes, que aunque ya no visten de blanco puro de pies a cabeza, si aman su profesión y día a día le hacen el quite a esas exigencias de la ley 100 y sus contratantes, que muchos aún de sus sueldos apoyan a sus pacientes, que también hay uno en especial, que esta auscultando desde la poesía la forma de llegar al corazón de la sociedad y que escribió un excelente libro llamado “La soledad del cirujano”,  a quien cada sábado acompaño en la  lectura de poemas denominada “poesilina”, nuestro amigo y paisano, el médico y especialista cirujano de cabeza y cuello, Adonis Tupac Ramírez Cuéllar, lo cual pareciera extraño en un hombre dedicado a una de las profesiones más cercanas a la vida misma y a la muerte, y se hizo lectura a un poema de Rafael Pombo, denominado JUAN MATACHIN, y sentí que allí están representados muchos de nuestros dirigentes, por  lo que los invito a que con sus hijos lo lean, yo por lo pronto diría que:

¡Mírenle la estampa!
parece un ratón
que han cogido en trampa
con ese morrión.

Y a todos advierte
con lengua y clarín
¡Ay de aquel que insulte
a Juan Matachín!

No dejemos de levantar la voz y desenmascararlos, esta es la oportunidad, llegamos al límite, cambiemos este Congreso de Colombia al menos en un 70%, salgamos de esta clase dirigente mentirosa y acomodada, salgamos a marchar o protestemos desde casa.

Por: Juan Felipe Molano Perdomo – jmolano74@hotmail.com
Twitter: @JuanFelipeMola8



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