El último Rumichaca

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Son muchos los calificativos que a medida que avanzan los días le asignan a Neiva como principal ciudad del departamento del Huila. Algunos la llaman  “Capital del surcolombiano”, otros la denominan  “Capital del río Magdalena”, pero sin duda el título más honorifico es “Cuna de los Rajaleñas”.

El rajaleña es un género musical colombiano, propio de la región del Tolima Grande. Acompañado de canticos “picarescos” cuenta y transmite la tradición cultural de nuestro pueblo. En la actualidad es usado para animar las fiestas típicas y autóctonas, y el motivo de sus letras suele ser críticas a personajes políticos, como también el reconocimiento a la belleza de la mujer.

El 28 de abril de 1911, el hogar de doña Susana Cuellar se llenó de felicidad al recibir un nuevo miembro: José Antonio Cuellar Meléndez, quien años después se convertiría en «Rumichaca», compositor y folclorólogo huilense distinguido a nivel nacional como el “padre del rajaleña”.

José Antonio «Rumichaca», fue constructor de instrumentos típicos y como resultado a un exhaustivo proceso académico, logró consolidarse como el máximo investigador y productor del genero del rajaleña, no obstante ese gran trabajo se ha ido perdiendo, pues tras su desaparición a los 75 años, pocos han querido continuar tan siquiera con la construcción artesanal de instrumentos típicos.

Caminando por las calles del barrio Ventilador, nos encontramos con Carlos Cuellar, sobrino de José Antonio, quien se ha convertido en el último «Rumichaca» en preservar este legado. Carlos, aprendió el arte de la elaboración de instrumentos típicos directamente de su tío, y si bien sus productos son altamente apetecidos por el gran nivel de calidad con que los elabora, la vida no ha sido del todo grata con este personaje cultural.

En la actualidad, este hombre ejerce el oficio de “vendedor ambulante” en las calles de Neiva, pues de esta labor deriva su sustento, ya que la venta de instrumentos típicos solo es financieramente sostenible durante las fiestas del San Pedro, además de esto, vive en lo que podría denominarse una situación muy lamentable, su casa a punto de derrumbarse, en obra negra, sin las mínimas condiciones de habitabilidad, es el principal reflejo de la falta de oportunidades que hoy vive la cultura en nuestro país.

Carlos, no es un gran productor, no heredó la voz de su tío, es un hombre común y corriente, con dos vidas; de día vendiendo correas en el centro de Neiva y de noche elaborando instrumentos típicos, pero al ser el último «Rumichaca» en preservar este legado, el heredero del “Padre del Rajaleña”, se esperaría que las oportunidades se le hubiesen dado, no obstante los años pasan y este hombre es consiente que su reloj de arena va cesando esta cuenta regresiva, pero tal es su amor por esta labor que su principal frustración, es saber que una vez parta, a brindarle ayuda a su tío en la elaboración de instrumentos típicos en las alturas, el legado «Rumichaca» desaparecerá por completo.

Por: Karlos Umaña Arias – @karlosua

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