¿El amor, cuestión de fe?

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Últimamente he estado hablando con una amiga acerca del amor. Palabra aparentemente inofensiva, pero que en ciertos momentos para no decir que en la mayoría, pone nuestro mundo patas arriba.

Ahora bien, enamorarse es rico siempre y cuando seas correspondido, pero en el caso de que no sea así, empieza la historia que no es digna de contar por Corín Tellado y mucho menos,  tiene un final feliz cual culebrón de telenovela mexicana. Ella, a quien bautizaré aquí como Mariana, con el ánimo de no exponerla en este escrito, se ha enamorado de un chico que tiene el combo perfecto: belleza física + inteligencia.

Diríamos que es todo un adonis, es como un Carlos Ponce,  pero en sus tiempos de juventud. Mariana, quien era una chica rumbera, de muchos pretendientes y quien a su vez le huía a los compromisos porque aún no hallaba el indicado, ha descubierto que definitivamente él es con quien le gustaría llegar a la vejez, y que encantada cuidaría de ese hombre con un amor infinito, a tal punto que le recordaría tomarse la pastilla azul y que gustosamente compartiría su vaso de agua, con tal de que sus prótesis dentales estuvieran sumergidas en el agua como símbolo de ese amor siamés (juntos a como de lugar). El problema o mejor, el gran problema es que él no lo sabe y lo peor, no muestra interés alguno.

Así que le he aconsejado a mi amiga que se aleje de él, ya que tanto desplante es una clara señal de que no le interesa, por más cambios de luces que ella le haga con su mirada, el último recurso sería pegarle un taconazo para que reaccione, pues el tipo es un ciego en extremo, ya que Mariana es una niña bonita, inteligente, tierna y luchadora. Cualquiera diría que son almas repetidas, pero no.

No obstante, le digo que he escuchado de historias de amigas, que han hallado el amor cuando han dejado aquellos hombres que no le daban ni la hora o que simplemente llegaron a vivir una relación tóxica y ya tocando fondo, el último recurso fue acudir a Dios y no a Cupido. En ningún momento me dijeron que hicieron novenas a algún santo en especial, simplemente todos los días le pedían a Dios que le mostrara un buen hombre que las amara de verdad, que le diera la posibilidad de vivir ese amor bonito antes de estirar la pata, porque ya en el cielo Dios se tendría que aguantar la cantaleta y los reclamos eternos por no escuchar dicha petición.

Les confieso que era una escéptica de eso, hoy puedo decir que Dios hace un trabajo impecable y maravilloso. De relaciones tóxicas pasaron a una relación saludable, y no precisamente como dicen por ahí, porque se hayan casado con una lechuga, se casaron con hombres que muchas veces fueron su hombro para apoyar la cabeza, fueron ese pincel que les dibujaba sonrisas en el rostro y que al principio simplemente nació una amistad, pero que el tiempo se encargó de transformar ese sentimiento en amor.

Y otra, que cuando se conocieron no se cayeron bien y sentían que no eran el uno para el otro, pero luego se dieron el chance de conocerse y surgió el amor a segunda vista. Todo fluyó sin forzar un sentimiento, fue una fe puesta en que había alguien que valía la pena.

Se preguntarán  por mi amiga, ella solo exclamó: — Me voy a poner a tejer como la esposa de Odiseo para darle tiempo al que realmente debe llegar. Y si nunca llega, pues al menos tendré una buena colcha para calentarme en mi vejez. Solo atiné a responderle: —Tal vez es necesario que pases por ello para encontrar el camino que conduzca al verdadero amor, aunque suene a telenovela mexicana. Pero de seguro llega alguien, así sea el joven de la pizza que encargaste a domicilio. ¡Todo es cuestión de fe!

Por: Magda Gutiérrez – magdamigu@gmail.com

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