Cuentos para perderse: ¿Y mi amá onde está?

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La violencia en la patria del café y las orquídeas invadió todo el territorio de manera mucho más mortífera que una pandemia. Sin compasión alguna fue robando vidas inocentes, dejando viudas y huérfanos por doquier.

Nadie conoce su origen, ni sabe en qué laboratorio se gestó ese mal, parece que fue un virus que fue evolucionando hasta enquistarse por cada rincón del país.

A las cuatro de la mañana, luego de tomarse una caliente y deliciosa zurumba que su esposa Aminta le había preparado, Tiberio se dirigió hacia el establo para ordeñar las cuatro vacas que poseían, de las que obtenía cerca de sesenta litros de una leche espumosa y perfectamente blanca. Por costumbre religiosa, el campesino reservaba diariamente para el consumo de la casa dos botellas que eran hervidas muy temprano y puestas a reposar para extraer la gruesa nata que por su buena calidad y grasa producía.

Esta cremosa parte de la leche era batida con molinillo de madera y convertida en una exquisita mantequilla que acompañaba las arepas que se preparaban cotidianamente gracias al maíz que José Manuel, hijo mayor de la pareja, molía mientras su padre ordeñaba. Estas tortillas se utilizaban para acompañar la carne sudada, cuando había, o los huevos batidos del desayuno.

Las dos hijas menores se levantaban a las cinco de la mañana y eran las encargadas de barrer y trapear la casa antes de desayunar, para luego ir a alistarse e ir a la escuela que iniciaba actividades a las ocho de la mañana. Los tres jovencitos caminaban durante quince minutos para llegar al centro de enseñanza.

Las noticias que se escuchaban a través de la radio tenían relación con la presencia de grupos armados ilegales en algunas zonas rurales de la región en la que vivían, pero hasta la fecha por este lugar no se había advertido la presencia de hombres o mujeres armadas, sin embargo, esta paz fue interrumpida un domingo en la mañana mientras la comunidad que habitaba la vereda asistía a una misa oficiada por un sacerdote que los visitaba cada quince días para celebrar la Sagrada Eucaristía.

Cuando el padre dijo vayan en paz y comenzaron a retirarse hacia sus casas, una camioneta doble cabina arribó con ocho individuos fuertemente armados con fusiles y pistolas de diferentes tipos. El vehículo se detuvo bruscamente y los desconocidos bajaron de él mientras el copiloto gritaba dando órdenes diciéndole a la gente que no se fueran y que se juntaran frente a la capilla, para luego hacerlos entrar a todos nuevamente.

Ya sentados, en completo silencio, un poco asustados y confundidos, comenzaron a escuchar una serie de instrucciones acerca de cómo serían las cosas a partir de ese momento y cuánto debían aportar en dinero mes a mes para contribuir a financiar una guerra que no era de ellos. Uno de los presentes, líder de la comunidad, con voz autoritaria les increpó diciendo que no entendía por qué tendrían que pasarles dinero si ellos no eran autoridad, de inmediato fue sacado del salón y golpeado por algunos de los hombres armados mientras le prometían que la próxima vez no contaría la historia.

Fijada la fecha para la recolección del primer aporte, subieron nuevamente al carro y se retiraron, dejando a mujeres y niños llorando del susto y a los hombres pálidos de rabia por no haber podido hacer nada.

Jairo, líder representativo de aquella vereda, se reincorporó y les dijo que no estaba de acuerdo con tener que pagarles un tributo a esa gente, y mientras les daba sus razones, fue interrumpido por Aminta, quien también ejercía un liderazgo entre las mujeres de la zona, dijo que estaba en desacuerdo con lo exigido y que por su parte no pagaría dinero alguno; sin embargo la gran mayoría de los habitantes de la vereda comenzaron a reunir el dinero requerido y lo entregaron en los plazos determinados por los maleantes.

Pasados unos días, mientras Tiberio desyerbaba las eras en las que tenían sembradas algunas hortalizas, llegaron dos hombre en motocicleta y los requirieron para conversar con él y su esposa, y preguntarles la razón del no pago de la cuota solicitada en aquel domingo en que irrumpieron de manera brusca e inesperada, a lo que Aminta contestó que ella no estaba de acuerdo con eso porque en esa zona no necesitaban de vigilancia ni protección de fuerzas diferentes al ejército y la policía, que como podían ver no había, porque era un lugar pacífico y seguro. Los hombres no discutieron con ella, simplemente subieron a la motocicleta y se alejaron.

Desde aquel día la zozobra reinó en la casa y como era de esperarse, un miércoles a las cuatro y media de la mañana, mientras Aminta preparaba la zurumba para su esposo Tiberio, se escuchó el estruendo de dos motocicletas que arribaron a la casa con cuatro hombres sobre ellas, sin mediar palabra amarraron al hombre y al muchacho, encerraron a las dos niñas en una habitación y llevaron a la mujer al frente de la casa y la arrodillaron.

Ella como pudo se quitó la camándula que portaba en el cuello y la empuñó con la mano derecha, enseguida se escucharon dos detonaciones y Aminta se echó hacia atrás, descansando sus posaderas sobre sus pantorrillas y talones; su mentón cayó sobre su pecho y un hilo tibio de sangre rodó desde la parte baja de su cabeza por su espalda y la nuca, atravesando el cuello, bajando por el medio de sus senos.

El rugir de los motores volvió a emitir su sonido característico mientras se alejaba lentamente y desaparecía, al mismo tiempo, las pequeñas jalando la puerta con sus escasas fuerzas lograron abrirla, corriendo sin dudarlo a desatar a su padre y hermano; la adrenalina fluía a borbotones. Luego de reincorporarse los dos hombres de la casa, ya sin la mordaza, José Manuel exclamó ¡Y mi amá onde está!… para ese instante, las jovencitas totalmente confundidas lloraban y emitían gemidos de dolor abrazadas al cuerpo inerte de su madre. Así comenzó la violencia en aquella zona en la que la tranquilidad y la paz reinaron por mucho tiempo.

Por: José Cipriano Bosco*

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