Cuentos para perderse: Un paraíso sagrado

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Instantes previos al amanecer, lo único que se escuchaba era el gorgoreo de un chorro de agua cristalina que descendía de una montaña a través de un inclinado canal natural esculpido entre grandes rocas cubiertas por gruesos almohadones de musgo esponjoso y glauco, y adornado además por el Escultor del planeta con un gran vestido verde que cubría bella y exóticamente sus orillas.

El canto en solitario de aquel riachuelo era verdaderamente hermoso y se hacía mucho más fascinante cuando al pasar de los minutos entraban en escena inconmensurables especies de aves que llegaban a los árboles para emperifollarlos con sus deleitables plumajes, dando inicio a sus intervenciones con armoniosos y esplendorosos cantos.

Se podían ver y escuchar periquitos de anteojos, copetones, mirlas, azulejos, cardenales, urracas, tángaras, saltadores, cucaracheros, espatulillas, candelitas, bichofués, toches y siriríes, entre muchas otras variedades de aves. Todos estos elementos conformaban una gran sinfonía que hacía parte de un concierto cotidiano sorprendente.

El sonoro y diáfano arroyo, alimentaba con su sangre traslúcida una gran laguna de la que germinaban otros manantiales que conducían dulces venas por las laderas de las montañas, convirtiéndose en grandes y caudalosos ríos, a los que tributaban diversos afluentes de esa geografía.

La exuberancia de la zona era tal, que los pocos humanos que habitaban en ella, eran en determinadas horas del día animales del bosque y en otros horarios, personas normales; siendo hombres, mujeres y naturaleza, uno solo.

La llegada de intrusos, exploradores y cazadores, no tardó, y todo aquel hermoso ecosistema comenzó a verse en grave riesgo, por lo que fue necesario diseñar trampas para confundir a los advenedizos no deseados y tratar de revelarles la realidad de aquel paraíso.

Decretaron entonces conducirlos a un insondable pozo en el que se hundieron sin poder salir a pesar de los esfuerzos; fue entonces cuando, dantas, ojos de anteojos, gatos de monte, zorros, venados, osos hormigueros, lapas, pumas y conejos silvestres, entre otros animales, se ubicaron alrededor de la embocadura del bache y tras un proceso insólito se fueron convirtiendo en humanos, semejantes a los forasteros, pero con rasgos indígenas.

Al mismo tiempo, con la mano derecha y extendiendo el brazo, señalaron toda la zona haciendo un círculo, luego con la mano abierta se tocaban el pecho, tratando de decir que todo lo que podían ver era de ellos; posteriormente, frunciendo el rostro con un gesto de enojo, empuñaban las dos manos y hacían una mímica de fuerza amenazante, queriéndoles expresar que estaban en un lugar prohibido para ellos; finalmente extendiendo el brazo derecho, con el dedo índice erguido, mientras los otros dedos se mantenían empuñados, dibujaban una señal que les exteriorizaba que debían marcharse; las tres indicaciones eran muy claras y para salir ilesos o por lo menos vivos en medio de tan singular situación lo mejor era entender y atender las expresiones.

Los habitantes del bosque enseñaron a los extraños la manera de salir de la fosa aquella a la que los habían arrastrado y los escoltaron por entre los árboles hasta un lugar en el que podían regresar a su mundo, allí les señalaron el camino que podían seguir.

Los desconocidos, que sumaban media docena de hombres entre los veinticinco y cincuenta años, emprendieron el regreso, pero al haber caminado unos cien metros, miraron hacia atrás y ya no vieron humanos, sino que solamente divisaron una gran piara de animales silvestres y salvajes, quienes los observaban, y de esta manera los acompañaron con la mirada hasta que se perdieron en el horizonte.

Al llegar a casa, estos personajes que habían tratado de explorar aquel mágico territorio trataron de narrar lo sucedido a sus congéneres, en una gran tienda que había en su pueblo, pero nadie creyó lo relatado, solamente un sujeto viejo y arrugado, de quien decían tenía más de cien años, al escuchar lo relatado los observó con una leve sonrisa y salió del lugar sin mediar palabra, posteriormente su imagen de humano desapareció y luego se perdió a través de unos arbustos convertido en una inmensa y longeva iguana.

Por: José Cipriano Bosco*

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