Cuentos para perderse: Todo a su tiempo

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Nunca antes me sentí más inútil que cuando caminaba alrededor de aquel mesón cubierto de paño verde en el que tres esferas de ciento setenta gramos de marfil finamente brilladas giraban tras ser golpeadas con un madero fabricado en maple canadiense.

Quería quemar un poco de tiempo, de aquel que abundaba debido a que el contrato laboral firmado con una entidad pública había culminado y aunque necesitaba devengar algún dinero para suplir los gastos de la casa, la suerte no acompañaba la búsqueda de un nuevo trabajo.

Era frustrante aquella situación, sin embargo, ya me estaba acostumbrando a no hacer otra cosa que esperar esa llamada que me informara de esa nueva oportunidad, por tanto, para no entrar en el desespero del tiempo que no corre, me convertía en el vago que iba al billar del pueblo para no dejarme intimidar por el cronógrafo.

Me estaba transformando en un ser taciturno e inseguro, quien con el paso de los días perdía toda motivación, todo deseo de seguir; los sueños se iban disipando.

Ya no había ni siquiera desespero, ni desánimo; la situación había hecho perder toda fuerza.

Aquella tarde, luego de ir a ver a otros vagos seguramente en la misma situación y jugar una partida de billar con aquel septuagenario al que nada le importaba, en una tarde desesperadamente calurosa, quise poner fin a esa lóbrega y sombría condición.

Llegué a casa confundido, algo cansado por la larga jornada en la que permanecí de pie, rotando en torno a la mesa de billar. Entré a mi habitación, en ella sentía una paz que no lograba identificar en ningún otro espacio; me dirigí a la cómoda y abrí una de las puertas laterales, allí estaba aquella caja fuerte de color gris metalizado en la que guardaba algunos documentos importantes y el arma que mi padre me había heredado; la clave de la cerradura electrónica era la fecha de nacimiento de uno de mis perros, la digité y de inmediato se corrieron los cerrojos generando un pequeño chasquido. Desplegué lentamente la portezuela y tomé el revólver por la cacha, extrayéndolo suavemente.

Me senté al borde de la cama y puse aquel Smith & Wesson calibre 38 sobre el nochero para observarlo mientras tomaba el valor necesario para usarlo, pero sentía sed, así que fui a la cocina y serví un vaso de agua en un pocillo de aluminio esmaltado y bebí con la misma parsimonia de la última hora. Volví a la alcoba y nuevamente me posé en la litera, luego resé una oración y tomé con la mano derecha la pesada arma, mientras pensaba en dónde sería mejor apuntarla; decidí que en la sien del lado de la mano con la que la sostenía.

El silencio era mi cómplice, aunque a los lejos se alcanzaba a escuchar el ruido que producían los vehículos al transitar junto al de sus desagradables bocinas, y también se oía un radio que algún vecino había dejado encendido y que emitía baladas de esas que hacían soñar a los enamorados de los años ochenta.

De pronto comenzaron a sonar muy tenuemente las cuerdas de una guitarra y alcancé a distinguir la voz de Leonardo Fabio al decir “Hoy la vi, fue casualidad… yo estaba en el bar, me miró al pasar…”, entonces quise terminar de escuchar esta melodía, me traía algunos recuerdos.

Cuando terminó la canción sentí que había llegado la hora y que estaba listo para descargar el peso y la fuerza de la pólvora y el plomo contra mí. Cuando estaba a punto de ejecutar la acción sonó el teléfono y aunque dudé en hacerlo, contesté altivamente, pero una voz femenina con finos modales me habló a través del auricular haciendo que bajara mi tono, fue algo extraño, casi milagroso; la dama llamaba para informarme que había sido aceptado para un cargo y que comenzaba a laborar el siguiente lunes. Por poco pierdo la oportunidad de seguir viviendo.

Por: José Cipriano Bosco*

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