Cuando un amigo se va

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“Cuando un amigo se va, galopando hacia su destino, el alma comienza a vibrar, llenándose de frío. Cuando un amigo se va, queda un terreno baldío que el tiempo desea llenar con las piedras del hastío.” — Alberto Cortez

Hace tres días, me enteré del fallecimiento de un amigo de juventud, con quien compartí innumerables momentos durante nuestra transición de jóvenes a adultos. Recuerdo noches enteras en su casa, rodeados de otros amigos, disfrutando de la música, juegos de mesa y conversaciones que oscilaban entre lo banal y lo profundo, según el momento.

Solíamos pensar, de manera inocente, que los amigos siempre estarían ahí, que ni siquiera envejecerían, y que al reencontrarnos, serían exactamente como los recordábamos. Qué triste ilusión.

El tiempo nos remodela, dejándonos arrugas, calvicie, cambios en nuestra figura y alguna que otra dolencia. Sin embargo, lo que el tiempo no logra borrar es el sentimiento de afecto y hermandad que forjamos, la nostalgia y los recuerdos de nuestra infancia y juventud.

Hacía tiempo que no hablaba con Javier, «el negro», como cariñosamente le llamábamos. Nos habíamos sumergido en la cotidianidad del trabajo y la familia, creyendo ingenuamente que siempre estaríamos ahí.

Solo cuando la vida se interrumpe de manera sorpresiva y cruel, la muerte nos confronta con la fragilidad de nuestra existencia, la cicatriz del tiempo y la certeza de nuestra mortalidad.

La partida de un amigo deja en el alma una huella de la vida compartida. Se va un amigo, y con él, se honra su memoria; se va un amigo, y nos resulta imposible articular el frío y la sensación de orfandad que nos invade.

No sé cuántos amigos habrán perdido ustedes, pero para mí, esto simboliza otro indicio de la cercanía de la vejez: la partida de aquellos a quienes queremos.

Tras leer estas líneas, les invito a tomar un momento para pensar en sus amigos, especialmente en aquellos que se encuentran lejos y de los que hace tiempo no tienen noticias.

No los han llamado o escrito; quizás ahora sea el momento de actuar. Levanten el teléfono, envíen un mensaje, simplemente para saber que siguen ahí y recordarles que ustedes también lo están.

Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar – adonistupac@gmail.com
Twitter: @saludempatica

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