Cuando Dios habla…

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Alguna vez alguien me decía que Dios siempre buscará la forma de hablarte. Es obvio, que la primera imagen que se te viene a la cabeza es la de un viejo canoso, barbado y de túnica blanca que baja del cielo a invitarte un café. ¡No, señor!, esa indiscutiblemente no es su dinámica de juego. Dios habla pero de una manera bastante particular, que en palabras del escritor Paulo Coelho, es algo así como ver las señales y no precisamente las de tránsito, es ver las señales de la vida, del destino que se atraviesan en tu camino cuando sientes que perdiste el norte.

Pues bien, después de esa conversación con mi amigo lo que hice fue entrar en una especie de paranoia de saber en qué momento Dios me hablaría. No obstante, recordé que él también me decía que Dios siempre buscará captar mi atención a través de las cosas que me gustan como: Libros, canciones, frases, una imagen etc. Creo que entre más te pongas a mirar en que momento Dios hablará de seguro éste se queda mudo. No fue después de un  tiempo que vine a encontrar las llaves (tradúzcase: respuestas). Y fue cuando decidí irme a vivir a Bogotá, a pasar el duelo de la pérdida de mi madre.

Recuerdo que después de concluir mi jornada laboral decidí caminar un buen trayecto, con el ánimo de pensar, de recobrar fuerzas y no perder la fe; ese día llovía a cántaros y lo único que hice fue entrar en una iglesia que había cercana y de paso, escuchar la parte final de la misa. Recuerdo que me quedé de pie en la puerta, mirando un crucifijo gigante que estaba detrás del Padre, y éste se estaba preparando para dar la bendición final, y yo a la vez pidiéndole a Dios que me diera al menos un abrazo, pues sentía que era lo único que necesitaba para poder continuar con esta vida vacía por la ausencia de mi madre.

Así que cerré los ojos, con el ánimo derrotado y de repente, algo tocó mi rodilla sacándome de ese estado de oración. Yo que abro los ojos, y lo que veo es un labrador chocolate, tratando de tocar mi mano con su hocico; fue raro ese momento porque lo primero que hice fue sonreír y sentirme extraña, me batía la cola y la dueña vino apenada a decirme que él nunca hacía eso, que no se explicaba cómo se soltó de su correa. La mirada de ese perro fue hermosa, lo acaricié y me movía con amorosa energía su cola. En ese momento, entendí  cuando mi amigo decía que Dios me hablaría a través de aquello que  captara mi atención. Ese simple acto o mejor, milagro, me levantó el ánimo, y paré de llorar e inmediatamente comencé a sonreír con fe.

Otra situación similar la viví con mi hermana, cuando ella estaba haciendo vueltas de requisitos para aplicar a un empleo, para ella era importante entregar los papeles a tiempo, pero eran más los obstáculos que en un momento sintió que no lo lograría, quería rendirse y levantaba su mirada al cielo en plena calle, como si estuviera hablando con su amigo imaginario, y le reclamaba a Dios que si esto era para ella que le ayudara. Por lo tanto, la última diligencia era abrir una cuenta bancaria, así que le dieron un turno y yo le pregunté cual le tocaba, ella enojada me respondió que el turno número cinco, que aparentemente parecían poquitas personas pero se demoraban mucho con una. Sin embargo,  le pregunté que si había visto las letras que acompañaban al número del turno, ella con su malgenio a flor de piel me dijo que no, yo sorprendida le pasé el papelito para que lo viera, en ese momento ella cambió su malgenio, recobró la serenidad y actitud guerrera.

Eran un par de letras que derivaban en una palabra con un sentido poderoso, esa palabra es la que nos cuesta muchas veces llevar a la práctica y más, en aquellos momentos en que sentimos que todo está perdido o en esas situaciones en que queremos tirar la toalla y darnos por vencidos. Esa palabra, es FE, ¿la tienes? Dios habla, el problema es nuestra miopía o ceguera voluntaria. ¿Astigmatismo o escepticismo? ¡He ahí la cuestión!

Por: Magda Gutiérrez – magdamigu@gmail.com

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