Cambios

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Siendo tan solo un crío, día a día añoraba que llegara la hora en la que comenzaba la transmisión de televisión que por aquella época era en blanco y negro, para poder pedir autorización a mis padres de encender ese mágico artefacto que en aquel entonces unía a la familia.

Recuerdo aquella mañana de sábado, yo tendría tal vez seis o siete años de edad, mi hermana mayor se acercaba a la decena de abriles y las dos menores tendrían, cuatro y dos años respectivamente; el jefe de la casa había salido desde muy temprano luego de compartir un café con mi madre en el zaguán de la parte posterior de la casa, lugar por el que permanentemente corría una brisa fresca colmada de aromas que expelían los árboles frutales y las plantas que adornaban el jardín del patio trasero. Esa última semana los había visto secretearse permanentemente con una sonrisa nerviosa dibujada en su rostro, como si quisieran ocultarnos algo.

Eran las once y quince de la mañana, lo sé porque observé el reloj de pared que había en uno de los muros que rodeaba la zona del comedor y gracias a que me habían enseñado en la escuela a leer las manecillas de este artefacto, por eso acababa de hacer las cuentas, primero del puntero pequeño y luego conté de cinco en cinco hasta llegar a los quince, por eso recuerdo perfectamente qué hora era.

Estaba en eso cuando sentí que alguien introdujo una llave en la cerradura de la puerta que daba a la calle y noté que esta se abría de par en par, posteriormente vi aparecer la figura de mi padre con una expresión de alegría que llevo grabada en mi memoria.

Desde ese lugar exclamó alegremente:

  • ¡Mija, salga que ya llegué!

Mi mamá estaba en la cocina adelantando el almuerzo, pero al escuchar el llamado se retiró el delantal de cuadros anaranjado que tenía puesto y fue hasta la entrada. Se saludaron con un emotivo beso y en coro dijeron:

  • ¡Niños, vengan un momento, les tenemos una sorpresa!

Los cuatro infantes corrimos a la sala de recibo, sin sospechar de qué se trataba y vimos una caja de cartón inmensa envuelta en papel decorado y estampado con cajitas de regalo amarradas con cintas de colores.

  • ¿Qué esperan? ¡Ábranlo, rompan el papel! Dijo mi madre con tono alegre…

La emoción fue indescriptible, entre los cuatro destrozamos la cubierta de la caja y vimos en una de las paredes exteriores de lo que se trataba, recuerdo que estábamos felices. Desde entonces llegan a mi mente dulces imágenes de sábado en la tarde, en las que tomábamos onces y alegremente me ofrecía para ser el control remoto que cambiaba manualmente el canal o el volumen; no había mucho para escoger, pero éramos felices y estábamos unidos.

No había problema en que un niño viera una telenovela, los programas infantiles de hoy tienen escenas mucho más fuertes que las historias dramáticas o comedias llevadas a la televisión en ese tiempo, sin embargo, había censuras que se respetaban sin problema y allí la tele se reemplazaba por juegos de mesa o un buen cuento para leer.

Con el paso de los años, la tecnología nos ha venido alejando poco a poco. Cuando estamos juntos no nos miramos a la cara porque estamos pendientes de la pantalla del teléfono móvil y luego del silencioso encuentro, nos retiramos a nuestros aposentos, lugar en el que riñen centenares de canales que ofrecen los operadores del servicio, contra el esclavizador digital portátil.

Por: José Cipriano Bosco*

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