¿Apuntando o descontando?

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Cierto día mi prima, mi siamés (siempre andamos para arriba y para abajo), a tal punto que siempre hemos llegado a la conclusión que la cigüeña por problemas de ebriedad se equivocó al dejarnos en distintos hogares, decidió pasar un fin de semana en mi casa, ya que sus padres saldrían de viaje.

Recuerdo que esa noche hablando en la sala, se escuchaban a lo lejos unos tiernos maullidos en la calle, tratábamos de seguir con la conversación pero fue imposible ignorar el llanto de ese gatico, pues esta vez lo sentíamos llorar como si estuviera en la puerta de mi casa. Así que prima y yo decidimos mirar por la ventana, y tal fue la sorpresa que efectivamente estaba allí, abrimos la puerta y mi prima sintió lástima por su aspecto, era pequeñito (mes y medio), estaba sin pelo y maltratado.

Me van a perdonar pero lo que hice fue decirle a mi prima: -¡Ya no más!, mis bolsillos no me dan más para salvar cuanto animalito se me atraviesa en mi camino.  Y le cerré la puerta, mi prima tomó el papel de la voz de mi conciencia y me convenció de que abriera la puerta de nuevo, procedí hacerlo y ya no estaba. Confieso que me dio un sentimiento de culpa que me sentí la persona más miserable del mundo y ni que decir de la mirada de mi prima que ya me quería matar.

Al otro día en la mañana, mi hermana lo vio tomando el sol, sintió lástima por él y nos dijo que lo lleváramos a donde nuestro amigo veterinario, es obvio que sentí un alivio y le agradecí a Dios por darme la posibilidad de reivindicarme con él.

Salimos en la moto con mi prima, que ya por poco le colocaba una sirena de ambulancia, y yo llevando al paciente felino en una caja. Tan pronto llegamos, nuestro amigo veterinario lo vio y  dijo que tenía un problema de piel severo, pues a simple vista dudábamos de qué color fuera en realidad. Lo único que sabíamos era  que su aspecto se asemejaba a esos gatos esfinge. No obstante, cuando el veterinario nos dijo que padecía de eso que en nuestro argot popular llamamos: “Chanda”, nos dio la orden de bañarlo con un medicamento y ponerlo a secar al sol; mi prima comenzó a dar un paso atrás quedando así la única voluntaria para hacerlo, mi amigo me pasó unos guantes y un líquido para aplicárselo. Terminada la bañada debía secarse apunta de sol. Así que me dispuse a secarlo sosteniéndolo con mi mano derecha alzada al cielo, claro, él secándose y yo derritiéndome a lo que exclamé del cansancio y con cierto enojo: -¡Espero esto Dios lo esté apuntando! A lo que mi amigo veterinario respondió cual si fuera Dios en la tierra: -¿Apuntando o descontando? Ante ese cuestionamiento no me quedó de otra que regalarle cinco minutos más de sol al gato mientras hacía un flashback de mi vida.

Él tenía razón, siempre solemos pensar que Dios nos debe algo y que además, es importante que nos premie y nos ponga carita feliz a cuanta cosa buena hacemos. Nunca pensamos que es una forma de ir saldando nuestras deudas con él, que el simple hecho de levantarnos en la mañana y ver nuestros seres queridos a nuestro lado, es un regalo que él generosamente nos da.  Incluso, luego de recitarle nuestra lista de peticiones (cual si fuera una lista de mercado), al final  se nos olvida  decirle: ¡Gracias!

Definitivamente, no hay fábula sin moraleja, y cada situación que pasa en nuestras vidas es una forma de Dios mostrarnos su amor, su bondad y su presencia. Dios siempre nos imparte una lección todos los días de nuestra vida como si fueran  fascículos para coleccionar. Por lo tanto, hay que leer entre líneas y ver con el corazón, que una manera de agradecerle a Dios es siendo generosos con aquellos que lo necesitan o simplemente dar con el ánimo de hacer de este mundo un poco mejor. Nada es en vano y el bien que hacemos edifica vidas y de paso, la nuestra. No te quedes con ese favor que puedes hacer hoy y muchos menos, no te atores con aquellas palabras que deseas obsequiar a alguien, porque esos simples detalles marcan la diferencia entre la vida o la muerte, entre la alegría o la tristeza. ¡Tú eliges!

Se preguntarán por el gato, pues bien después de hacerle ese día el tratamiento nos dedicamos a buscarle un bello hogar, tocamos puertas y nuestros amigos nos decían sí, pero tan pronto yo abría la caja para que lo  vieran, pegaban el grito en el cielo o colocaban cara de horror. ¿Qué hacemos con el gato. Mirando con lupa quien de nuestros amigos faltaba, encontramos que efectivamente había esperanzas. Tocamos la puerta y con cara de Papá Noel (sonriente y con regalo en mano) nuestro amigo de adolescencia y vejez nos abrió la puerta,  se puso feliz ante nuestra inesperada visita. Pero al ver la caja sintió curiosidad y mi prima tomó la vocería y le dijo que en la caja había un gato egipcio (sin pelo), y que en una feria felina lo adquirimos (no sabía que existían y lo peor, que habíamos asistido a una)  y  tuvo la gran corazonada de que ese gatico era para él. Mi amigo Juan, puso cara de “Me quieren meter gato por liebre”.

De todos modos por curiosidad quiso ver al gato y casi se desploma de la “FEAlicidad”. Así que me tocó intervenir y decirle que yo le colaboraba con un mes de comida pero que por favor, lo cuidara y bañara como lo establecía el tratamiento, ya que su historia merecía tener un final feliz. A regañadientes aceptó, y con el tiempo se volvió un papá feliz de Damián, un gato  de color amarillo como un Garfield y cuyo  genio era igualito al del dueño: amargado pero adorable.

Por: Magda Gutiérrez – magdamigu@gmail.com

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