200 años de discusiones pendejas

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Este año Colombia cumplió 200 años de su independencia definitiva, y como en el resto de América Latina, nuestro país también se caracteriza porque muchos de los problemas que tenía en 1819, son los mismos, guardadas las proporciones, doscientos años después.

Para qué referirnos a la falta de presencia del estado, a la falta de efectividad de la justicia, al clasismo, a la falta de identidad que se manifiesta, en negar nuestro mestizaje y en particular nuestro antepasado indígena,  que tal vez son, sin sesgo de duda, los rasgos de los cuales debemos sentirnos más orgullosos.

Pero lo que tal vez nos caracteriza más a los colombianos es la manía endémica de discutir por cuanto tema o problema nos aqueja, manía últimamente exacerbada con la existencia de las redes sociales.  Discusiones sobre problemas de una sociedad soñolienta, atascada en la forma de las cosas, y no en lo sustancial de los problemas.

Y donde ganamos la medalla de oro, es en la eterna discusión de todo aquello que se refiere al sistema educativo, en el cual este país nunca ha tenido un verdadero norte, porque es un tema en el que siempre hemos discutido, sin dar una verdadera solución.

Creo, sin temor a equivocarme, que la solución a esa discusión que tiene 200 años reposa en el documento final, entregado al país por la Misión Internacional de Sabios.

Nosotros  los colombianos que nos consideramos tan inteligentes y particulares, deberíamos prestar atención a un documento, que en definitiva puede cambiar la forma en que entendemos la educación en Colombia, y a la postre, la historia de este, el país del Sagrado Corazón.

Desde el nacimiento de la Republica la educación es un problema que nadie asume, en el cual, las discusiones y propuestas se quedan en eso y nunca han dado una solución efectiva a las perspectivas de la juventud colombiana.  Es como un nudo Gordiano, un laberinto de opiniones y discursos interminables de buenas intenciones.  Nada más.  Quiere usted “quemar” un político con aspiraciones a la Presidencia de la República.  Fácil, nómbrelo Ministro de Educación.

Hace 200 años nuestros próceres, nos dieron la independencia, pero en vez de pensar en el futuro, que es pensar en la educación, se dedicaron a  las innumerables guerras civiles del siglo XIX, y endosaron ese problema a la iglesia, modelo educativo que realmente no tuvo variaciones sustanciales hasta después de mitad del siglo XX, a pesar de los reclamos de muchos líderes, políticos, empresarios, escritores y hasta deportistas.

Y no es que no se agradezca a la Iglesia Católica tan magno favor histórico, pero creo que es precisamente esa delegación irresponsable lo que marcó la historia de Colombia estos 200 años.

Es apenas evidente, que cuando en un sistema educativo es más importante saber lo que dicen los evangelios, que entender la matemática, la física, la química o la magnificencia de la biología, pues usted obtiene personas fundamentalistas, intolerantes y con la falta de visión de lo colectivo, del futuro  y de lo público.  Será por eso que el documento de la Misión Internacional recomienda al país enfocar la educación  para el desarrollo humano y sostenible, fortalecer las ciencias básicas naturales, la educación en desarrollo tecnológico y la creación artística

Lo más triste es que la responsabilidad de brindar educación de calidad a los jóvenes se sigue delegando, ya no a la iglesia (no estoy seguro que eso realmente haya cambiado), pero sí a instituciones privadas.  Problema que se potencializó desde la reforma constitucional del 2001 materializada en la Ley 715 del mismo año, donde la nación prácticamente le endosó el problema a los entes territoriales.

La consecuencia de esa reforma fue que la educación no merece ser discutida en Consejos de Ministros.  Es ahora tema de alcaldes y gobernadores, que por supuesto no llegan a preocuparte por educar a las generaciones futuras de sus Municipios y Departamentos, sino a robar y a invertir mal los presupuestos de los cuales somos dueños todos nosotros.

Esa delegación, aceptémoslo es y seguirá siendo un desastre, pues salvo contadas excepciones, entre las cuales está el programa de gobierno del saliente Alcalde de Neiva Rodrigo Lara Sánchez, ningún gobernador o alcalde se ha preocupado realmente por invertir en educación de jóvenes en sus ciudades y departamentos.

Y como consecuencia, hoy el sistema educativo, y hay que decirlo sin miedo, para ver si cambiamos nuestra realidad, es la principal fuente y factor de desigualdad social.   Los bien educados son, por supuesto, aquellos que pueden pagar una buena educación para ascender socialmente. ¿La educación pública superior?  La misma Corte Constitucional la definió como un bien escaso, y por supuesto, son pocos afortunados aquellos que pueden acceder a ella.    El resto, bueno, solo la ilegalidad, o una rifa, los saca de pobres, pues demostrado está que el trabajo de empleado no lo hará jamás.

Por ello creo, que si la educación y hasta el modelo educativo, no empieza a ser el principal tema de discusión pública en Colombia en los próximos 20 años, este será un estado fallido.  Eso es precisamente lo que advierte entre líneas la Misión Internacional de Sabios.

Es lo primero, recordar que las inversiones en educación no traen sus frutos inmediatamente, pero en una o máximo en dos generaciones este país necesariamente tendrá una mejor cara, y tal vez parte de esos problemas que vienen insolutos desde la independencia empiecen a ser solucionados.

Eso implica, empezar por reformar la Constitución y la Ley para orientar del gasto público respecto de restringir un montón de inversiones que en nada promueven el desarrollo de nuestro país, de modo que se pueda obligar a la nación, por sobre todo a los entes territoriales, a hacer inversiones en infraestructura educativa, ojala destinando obligatoriamente gran parte de su presupuesto para tal fin.

Y que no se venga a hablar de la cacareada autonomía de las entidades territoriales, pues respecto a inversiones públicas (gastar en educación es realmente invertir), esa institución solo ha servido para promover obras que se demoran años en ser concluidas y elefantes blancos, que denotan la imbecibilidad y perversión de nuestro sistema político, y terminan convirtiéndose en insulto y vergüenza para todos los colombianos.

Implica también dejar de ver a los docentes como actores políticos de izquierda o meros sindicalistas, y empezar a verlos  como piñones que tienen el deber de preparar a los jóvenes, para que ellos y el país, por fin entren al engranaje de la economía mundial. En eso, son más importantes los maestros, que los empresarios y que todo el programa de líneas de créditos blandos del estado colombiano.

Porque es hora de aceptar, que nuestro sistema educativo es el culpable que Colombia después de 200 años siga siendo un exportador de materias primas; problema que también viene desde la independencia.

Implica entender que una educación de calidad, cambia la visión de las personas respecto del funcionamiento del estado, pero también respecto de la sociedad en su conjunto, y por tanto, necesariamente la sociedad se vuelve más igualitaria, pero también más exigente.  De eso no se debe tener miedo, exigir no es igual a tener tal o cual sesgo político, es sencillamente una manifestación de la vida en comunidad.

El ejemplo, a seguir vuelve a ser el sudeste asiático, integrado por países que hace 40 años eran  económicamente rezagados, muchos de ellos más pobres que la Colombia de la década de los 70 del siglo XX.  Su apuesta no fue nada extraordinaria.  Se centró en garantizar una educación de calidad a todos los miembros de la sociedad.  Hoy, los economistas predicen que el sudeste asiático será la cuarta economía mundial en el año 2050.

Si no entendemos eso, y no cambiamos e invertimos en nuestro sistema educativo, los jóvenes seguirán abandonando este país, porque ellos, los olvidados de nuestros gobernantes, son quienes tienen que afrontar el horizonte brumoso del futuro, en una sociedad sumida en discusiones pendejas, que no les ofrece nada atractivo, nada inspirador, nada de lo cual puedan sentir apego.

Y no es fatalismo.  El mismo Rodolfo Llinas hace poco tiempo nos advirtió que “Sí no hay ciencia, el país queda en manos ajenas”.

Pdta.: Me dijo un timorato que porque no titular “200 años de discusiones bizantinas” en vez de “200 años de discusiones pendejas”. Yo siento un respeto gigantesco por el Imperio Bizantino. No creo que ellos discutieran mucho.

Un feliz 2020 para todos ustedes.

Por: Juan Pablo Murcia Delgado – murciajuanpablo@gmail.com

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